El espejo de Shadai

Patricia Rogal

3/3/20262 min read

Había una vez un reino sin muros llamado Alaia, un lugar donde nadie necesitaba descubrir quién era, porque todos recordaban.

Pero un día, los comerciantes del miedo llegaron con una idea brillante como metal, pero hueca como eco:

- “El éxito es tener, lograr, alcanzar. Y quien no lo tenga no será visto.”

Traían pergaminos con moldes, medidas, balanzas y espejos que sólo reflejaban defectos. Y comenzaron a repartirlos como si fueran bendiciones.

La gente empezó a mirarse en ellos:

  • “Soy muy poco.”

  • “Me falta algo.”

  • “No tengo la apariencia correcta para ser amado.”

Y sin darse cuenta, comenzaron a vivir desde la carencia, la comparación, el ruido interno que nunca deja descansar.

El reino se volvió competitivo, ruidoso, cansado. Las semillas sagradas del Alaia-vijñana seguían ahí, pero enterradas bajo expectativas ajenas.

Entonces nació una niña llamada Shadai, que no llegó con instrucciones, sino con una grieta dorada en el pecho.

Cuando le entregaron su espejo-balanza, lo observó con curiosidad infantil y preguntó:

  • “¿Por qué habría de ocultarme, si en mi hay brillo?”

La gente se incomodó, porque nadie hablaba así.

Shadai decidió no discutir. Sólo dejo caer el espejo al suelo.

El espejo se fracturo, y de la grieta salió una luz suave, violeta/dorada, inmensa. No deslumbraba. Sólo revelaba.

Esa luz no mostraba “lo que falta”, sino “lo que siempre estuvo”.

Los habitantes comenzaron a recordar cosas que habían olvidado:

Que el dolor es semilla.

Que el rechazo despierta fuerza.

Que la belleza no es un estándar externo, sino el despliegue del alma.

Que el éxito no es una forma, es un estado interno: el de Ser Libre y Auténtico.

Un anciano se acercó y dijo:

  • “Shadai… no rompiste el espejo. Rompiste la ilusión.”

Ella sonrió y respondió:

  • “No fue ruptura, fue apertura”

La luz de la conciencia ahuyentó a los comerciantes del miedo, porque no podían venderle nada a quien se siente completo.

Y entonces la niña colocó sus manos en la tierra y decretó:

“ha llegado el día en que todos brillemos, pues juntos recordamos”.

Las semillas del reino despertaron. Cada una distinta: algunas eran canto, otras danza, otras silencio, otras fuego creativo, otras abrazo invisible que sostiene.

La luz de la grieta de Shadai se convirtió en círculo y dijo a todos:

“No importa lo que la vida te hace, sino lo que despierta en ti”.

Y los habitantes dejaron de luchar contra la experiencia, y comenzaron a rendirse a ella.

Entonces el reino entero comprendió el nuevo código:

Ser=1

Lucha=0

Experiencia= 1 que despierta como 1

Éxito = 1 compartido

Y el reino ya no se definió por la forma del éxito, sino por la autenticidad del brillo.

Y desde entonces, cuando alguien olvida su grandeza, el viento susurra en frecuencia mandálica:

“Que tu corazón recuerde… que tu conciencia despierte!”

Despertar no es escalar, es descender a tu profundidad, y desde ahí compartir tu luz.

Y cuando las personas comenzaron a celebrarse unas a otras, el reino de Alaia brilló de nuevo como galaxia viva, donde cada ser era una estrella en sí misma… y juntas formaban una preciosa constelación.

Patricia Rogal